Se arruina en la finca, cuando se levanta verde para llegar a un número. Se arruina
en el secadero, cuando la lluvia le gana al sol. Se arruina en un galpón, esperando
seis meses a que alguien se acuerde de comprarlo. Y se arruina en el tambor, cuando
el tueste tapa todo lo que el grano venía diciendo desde la montaña.
Nosotros llegamos tarde a esa historia: entramos recién en el último capítulo.
Por eso elegimos poco y elegimos lento. Tres fincas, tres personas a las que
llamamos por teléfono, y un tambor de hierro que no da para más de ocho kilos
por vez. No es una postura romántica: es la única escala en la que podemos
probar cada tanda antes de que salga a la calle.